A los 47 años de mi vida llegué a la carpintería,
y supe con naturalidad,
inmanentemente lo supe,
que había encontrado mi humilde destino.
Me cimbró todo mi ser.
Y me sentí objetiva y tranquilamente feliz.
Y así he vivido, prendido de una dicha sencilla y perdurable.
La poesía ya desde hacía casi diez años
había comenzado a tratarla.
Yo sabía íntimamente que un día sería mi manera de vivir la vida.
Y vino el día en que por fin pude ser enteramente el que quería,
carpintero y poeta.
El trayecto de mi vida estuvo lleno de alternativas y bifurcaciones.
Una vida agitada en medio de la confusión.
Me costó sangre del alma,
y si he llegado es a puro güevo,
dejando parte de mí en el camino.
Fue caótico el viaje,
un indescifrable zig zag.
Visto en retrospectiva
hoy todo está claro para mí.
