Hay días en que los motivos para escribir se me dan consecutivos.
Y escribo y escribo sin parar.
Sucede cuando tengo una suerte de conexión o inspiración mental.
Tomo el asunto, lo pienso y lo redondeo,
como para tener el pie de apoyo en la salida,
y abalanzarme al tecleado virtual
del celular y escribir.
Me dejo ir como cuando niño lo hacía en las pozas de los ríos.
Escribo y las palabras van brotando de mis dedos a la pantalla
como de una fuente.
Y a menudo consigo un texto distinto del motivo inicial,
que se va manifestando en la página, línea tras línea,
como si viniera de un lugar oculto
en mi mente.
En ocasiones, el escrito sale completo de una vez.
Surge, se impone, y he tenido que aprender a respetar ese impulso,
y como amanuense que soy,
tomar el dictado.
Cuando termino un escrito,
me gusta compartirlo con mis contactos.
No son tantos y son generalmente amigas y amigos.
Me gusta pasar así los días,
se me van volando.
Parece una contradicción,
pero no hay remedio.
