(PELIGRO CAMPO MINADO)
dice un rótulo
en firmes letras de molde,
en la puerta de mi ego.

Fueron muchos los años
de vivir frenético y colisionar, un día si y otro también,
con el muro infranqueable de la realidad.
Y eso debido al falso reflejo que venía de la terca imagen de mí,
cómoda construcción asumida
de las tinieblas familiares del inconsciente.
Y cuya existencia deviene
un artificio tramposo,
que le hace creer a uno
que es otro,
distinto del que vive y lo niega diariamente con sus actos. Pero que le sirve de refugio cómplice y anestésico,
para vivir cómodamente engañado y engañando.
Y de esta astuta manera poder,
tirar la piedra y esconder la mano,
sin temor al martirio
de la culpa,
ni a escozor ético alguno.
Pueden ser muchos, muchísimos,
los casos ejemplares de este proceder,
pero no es objeto de esta nota enumerarlos.
Y las iglesias de toda laya,
son un soporte institucional
de esta forma de vida.

Y resulta que un día vino a mi,
sin aviso previo ni permiso alguno,
un luminoso día,
en que por interferencia de eso que los psicólogos llaman “crisis de identidad”,
se hizo añicos la tal imagen que tenía yo de mí.
Y se disipó gaseosa, sin dejar rastro alguno.
De modo que quedé desprovisto
de ese impostor y comodón otro yo,
que alimentaba la falsa imagen de un yo completamente construido y correcto.
Y que me escindía en dos seres extraños, dispares, contradictorios y, a la vez, confabulados.

Y a diferencia de aquel pobre personaje de Chamizo,
que perdió su sombra por dinero,
y arrepentido se dedica a tratar de rescatarla,
yo más bien me sentí a gusto, sin imagen ni reflejos
que me deslumbren y confundan.
Y sin ese refugio cómplice y alcahueta,
ahora voy por mi vida
sin preconcepciones,
y alivianado de ese falso otro yo,
cómplice y espúreo referente de mi.
Y así vengo a ser yo, espontánea y simplemente yo, desprovisto de recodos y recovecos en mi personalidad. Incompleto, haciéndome y rehaciéndome
cada día ante el instante solitario, avenido.
Sin falsas expectativas,
sin orgullo vano, sin engaño
y sin refugio
donde sanarme las heridas y los golpes,
para seguir creyendo que soy otro,
regido por la consabida y falsa imagen de sí,
y no por los actos del que ciertamente vive y sufre diariamente.
Y como hace el artista con su obra,
dándome forma, construyéndome a mí mismo
en la diaria experiencia de la vida.

Recomiendo a quien quiera, que se atreva a romper en mil pedazos su imagen de sí.
Y que la deseche
por ser una falsa construcción de las tinieblas,
que solo conduce a errores y contradicciones ridículas.

Y no es necesario saber quien soy como dice M. Foucault, más aún es imposible saberlo, estando de por medio la vida prenatal y la del niño inconsciente, agrego yo.
Y lo que procede es convertirse, hacerse alguien, continua Foucault,
que no eras al principio.
Y esto es tarea de toda la vida. Y es apasionante,
frente a la idea preconcebida y equivocada,
de que ya eras y estabas completo y acabalado.

Mejor ser mostrenco de imagen pero auténtico. Imperfecto, en continuo y verdadero proceso vital de formación.
Y no andar escindido e inauténtico a la luz del día.
Y tirar las falsas vestiduras.
Y enfrentar la vida con valor y voluntad.
Ser uno simple y llanamente uno, voluntariosamente uno. Imperfectamente uno,
abierto a la aventura de su diaria construcción y reconstrucción.

La civilización es la cuna del individuo, no hay opción.
Salvo la involución,
el regreso a la vida primitiva, gregaria y trashumante.

Y colorín colorado, este cuento está acabado.
Mejor no sigo,
porque me pueden mandar a. . . callar.