La vejez,
tal es el nombre que los otros le dan,
dice Borges,
llega sin previo aviso.
Parece mentira pero es cierto
que un día cualquiera,
repentinamente,
uno se percata que la edad se le vino encima,
que se hizo viejo.
Lo toma por sorpresa,
cuando es lo cierto que ya va adentrado en ella.
Es un extraño mecanismo defensivo,
engañoso,
pero resulta que hasta entonces,
suele suceder que uno íntimamente cree,
que sigue siendo jóven.
Es un golpe muy duro, una bajada de piso,
no se está preparado para semejante
noticia.
Y es entonces «post facto»,
cuando se toma conciencia de la edad
y los destrozos que ha traído.
