Recuerdo que en la poza de Los Ahogados,
cuando era chiquillo,
un día domingo que había mucha gente,
como algunos bañistas se tiraban a la poza desde la rama de un sotacaballo,
yo hice lo mismo para no quedarme atrás,
yo, nada menos que yo,
el mero mero.
Me subí al árbol y me paré en la rama.
Sentí miedo.
Abajo había una laja,
a pocos centímetros bajo el agua.
Yo lo sabía pero calculé mal.
Y pasé rozando el filo de la roca.
Y en ella me golpée el muslo derecho.
Salí a flote y permanecí en el agua,
disimulando,
mientras se me aliviaba el dolor.
Melvin, un conocido cercano,
se me acercó nadando y me preguntó alarmado
que si me había golpeado.
Y yo, para seguir con el teatro
y no dar el brazo a torcer,
disimulando el dolor le dije que no.
Me salvé de milagro.