He preparado los borradores
que son el material para el trabajo del día,
similar a como hacía mi amigo Rafael, el zapatero,
con el avío para cada operario.
Ya me puedo levantar
y una vez hechas mis abluciones
y el desayuno de rigor,
pasar a trabajar los escritos hasta darles fin.
A veces salen facilito,
pero hay unos que me llevan tiempo y trabajo,
lo que no es problema para mí,
porque de eso se trata,
estar ocupado en lo que me gusta.
Ahora quiero decir, aunque sea un cambio de tema,
lo que trato es de seguir escribiendo,
que conozco personas de mi tiempo
que siguen creyendo que son otro, distinto de quien realmente son.
Este debe ser un mal en todas las épocas.
Es entendido por supuesto,
que uno no llega a saber nunca
a ciencia cierta quien es,
principalmente porque se es in fieri,
un proceso que se acaba con la muerte.
Pero carajo, no hay derecho por ello
a seguir siendo el mismo imbécil de siempre,
pagando el alto precio que se paga
y sobre todo, haciendo que otros lo paguen,
por vivir creyendo que se es uno distinto del que en realidad se es;
con frecuencia en estos casos,
el que borrosamente querían que fuera quienes los criaron.
Digo que aún sin saber a ciencia cierta quién es uno,
porque somos in fieri, estamos siendo,
pero debe saberse al menos
quién no es uno.
No se vale seguir durmiendo del mismo lado,
creyendo que uno es otro.
De algo tienen que servir la vida y sus lecciones.
«Con los años no nos hacemos más viejos, sino más nuevos cada día»
dice esa dulce criatura que fue Emily Dickinson.