Parece mentira, pero con el tiempo
uno termina pareciéndose al carro,
o el carro pareciéndose a uno,
que para el caso vale igual.
Es sorprendente el parecido,
la mutua identificación que se llega a dar.
Y no es para menos por la relación de compañerismo que hay.
El pick up Mazda, doble cabina, doble tracción diesel, un carrazo del 2006,
va a ser 11 años que anda conmigo;
el Mazda anterior lo tuve como por 12
y el Datsun con adrales, diesel, que fue el anterior, otro carrazo, 15.
Y claro que los he llegado a querer,
cómo diablos no.
No hay que darle muchas vueltas al asunto,
para caer en la cuenta de la relación filial que se establece con el carro.
Y lo curioso es que el sentimiento llega a ser biunívoco, tal para cual.
Mi querido carro por ejemplo,
mi fiel compañero,
ahí anda hecho un desorden por dentro el pobre,
y apenas lo limpio como para que no digan.
Pero nunca me deja botado y es buenísimo para el trabajo y para todo.
Y aunque no parece, lo quiero, ambos nos queremos.
Nunca le falta aceite al motor,
ni el de transmisión y también el líquido de frenos y el agua,
en eso soy cuidados, milimétrico,
él lo sabe y me lo agradece.
Siempre anda bien enllantado.
La gente cree que no lo quiero,
pero eso es otro cantar,
las apariencias engañan.
Nuestra relación es íntima, personalizada,
aunque parezca un galimatías decirlo así.
El lo sabe, yo lo sé,
ambos lo sabemos y eso es lo que cuenta.