Cuando me encuentro leyendo un libro
que me gusta
y voy avanzando entretenido,
deseoso de ir despejando las expectativas,
página tras página,
resulta que también me entra la desazón,
de solo pensar en que se me acaba.
Es un sentimiento encontrado
como cuando estoy hambriento
y me sirven un manjar,
y entonces voy picando por los alrededores, poco a poco,
dejando lo mejor para el final;
me pasaba igual cuando estaba chiquillo en la mesa familiar.
Son sentimientos placenteros que no hay manera de conciliar.
Pero de veras, con todo y todo, cómo me gusta estar en esas,
lástima que no sea siempre así.
Ahora es el caso que estoy leyendo la cuarta y última entrega,
recién salida del horno,
del inspector Morales de Sergio Ramírez.
Y se apoderan de mí los mismos sentimientos encontrados,
y más intensamente
cuando ya estoy a punto de terminar el libro.
