Me decidí por fin a ordenar
y clasificar mis escritos.
Es un trabajo tremendo,
inmisericorde.
De sólo pensarlo me dan escalofríos.
Es un peso que llevo conmigo.
No sé de dónde me surge
tanta fobia a ciertas cosas.
Y sí, ahora que me había decidido
francamente a ordenar
el material escrito,
que anda por más de un mil páginas,
y ver si hay algo publicable.
Y que me he instalado
consecuentemente
en la mesa límpia para clasificar,
leyendo página tras página,
corrigiendo y rehaciendo algunas.
Hay que ponerle bonito,
una decisión así, como la mía,
tiene que estar cimentada
en una acumulación voluntaria de fuerzas,
contra las fuerzas involuntarias y oscuras
que la impiden.
Y de veras, cuando por fin
me aplico disciplinado a leer,
corregir y clasificar,
página tras página,
estampando la mesa azul de blancos rectángulos
que se van elevando por toda su geografía,
de repente
me abruma imperiosa
la necesidad de orinar
(nos sucede a los viejos
por el crecimiento de la próstata que estrecha la vejiga).
Y mientras estoy orinando en el jardín,
entra a la casa un fuerte viento por la ventana,
y levanta en vuelos las más de un mil paginas.
En esas estoy en este momento.
Y francamente, no sé qué hacer…
Me acuerdo de José Luis Quesada,
gran poeta hondureño,
que en vida una vez me dijo:
«Hay que escribir pensando en un libro».
