Recuerdo cuando recién llegados
de 
Esparta,
mi hermano y yo íbamos a entregar
las cajas de frascos
con «
Miel de Abejas la Montaña»,
producida por las abejitas,
como las llamaba mi padre,
que las 
amaba.

El Almacén Gonzalez estaba
por la parte
trasera del Mercado Borbón.
Y mientras hacíamos mi hermano y yo
entrega de las cajas de frascos de miel,
vi en el mezanine un escritorio
desocupado,
y sentí ganas de estar ahí,
sentado.

Esa era una vena de mi personalidad,
amamantada en la sentencia de que
teníamos que estudiar para no ser
camellos como su padre”,
y ser oficinista ya era algo.

Y qué curioso,
con el tiempo llegó el día
en que no puedo ni ver un escritorio,
porque me da alergia.

Y es que mi padre no pudo ir
a la Escuela
Normal,
que era entonces la única institución
de educación superior en el 
país;
le ofrecían becarlo,
pero mi pobre
abuelo ignorante dijo que no,
que tenía que trabajar.

Debido a esa frustración,
la mano oculta de mi padre fue el soporte
para que mi hermano y yo
nos graduáramos de profesionales,
contra viento y marea.

Francamente me sorprendo yo mismo
de
haberlo logrado, si ya en IV grado
le pedí a mamá que me sacara
de
la escuela.

Mi hermano estaba en segundo año en la U
y yo apenas en en IV del cole
cuando murió papá,

Me entristece que no haya podido
ver en
nosotros
el resultado de su preocupación.

Hace tantos años que murió.