Roderico Rodríguez Poeta de Costa Rica

Ahora que puedo

Cuando estaba en V grado
de la
Escuela,
mi hermano estaba en segundo del cole
y pude leer novelas de autores
de lo que llaman el Siglo de Oro
de la
Literatura Española:
Lope de Vega, Calderón de la Barca,
Las Novelas Ejemplares de Cervantes,
Ruiz de Alarcón y otros.

En las tardes
en la sala de mi casa,
sentado en la mecedora
que acabo de traer reparada del taller,
preciosa, confortable;
hecha por papá
cuando se casó con
mamá.

Poco tiempo después, 3 ó 4 años,
me llevaron a San José
como gran
cosa,
y al tercer día estábamos
mi hermano y yo deseando devolvernos;
aunque tuviera que cargar
en su
espalda el ropero
decía Walter.

La decepción fue enorme
y tuvimos
que adaptarnos.

Al poco tiempo
entré a trabajar de
ujier
en una oficina de abogados,
de 7 a 11 y de 1 a 5,
y a partir de las 6 al colegio Omar Dengo,
frente al Parque Morazán.

Vivía en Guadalupe y no recuerdo
como hacía para cumplir con ese horario,
menos cuando estaba en
IV año, repitiendo,
en el desaparecido Justo A. Facio en La Sabana.

Todos esos años de colegio
se me han
borrado mágicamente de la memoria,
pero los viví, duramente los viví.

Después me casé y entré a la U
y estudié una carrera para ganarme la vida;
a cuartos de tiempo, duré 10
años.
Al inicio llevé alguna materia de filosofía
y matriculé algo de letras
pero me
retiré después.

Mi prioridad era el trabajo,
léase supervivencia,
y esas materias eran durante la mañana.

Mi vida laboral fue frenética,
de larguísimas jornadas;
y a veces, después seguía la fiesta.

Por fin me salvó la campana
porque
me jubilé.
Si no,
me muero, de veras.

Y di comienzo a una una vida
consistente en evitar el estrés
(antes decíamos tensión nerviosa).

Espontáneamente me hice carpintero,
siguiendo el camino de mi abuelo
y de mi padre.

Al cabo de los años
por fin
brotó en mí
el deseo y la disposición de escribir.
Y comencé a escribir lo que pensaba,
que es básicamente lo que hago ahora.

Desenvuelvo lo intuido, sentido,
pensado,
y a veces sale la flor de una vez;
sucede generalmente con lo más poético.
Y si no, lo trabajo.
Me gusta esta
artesanía.

Así fue como retomé la afición a las letras,
que había dejado en la sala de mi casa
de niño,
y me paso leyendo y escribiendo
lo más que puedo, ahora que puedo.

Francamente, en este campo de las letras
me siento como niño
con juguete
nuevo.

Y a estas alturas de mi edad.