Vivimos los primeros años de vida maravillados,
de sorpresa en sorpresa,
absorbiendo el mundo sin criterio ni juicio de conciencia.
Después, salvo algunos chispazos,
no recordamos casi nada de esos tiernos años.
Lo vivido queda sellado como decir en el cajón de los sustos,
pues de vez en cuando, se filtran recuerdos fragmentados
que nos deparan sorpresas.
Más adelante, ya formados o deformados, según criterio,
nos corresponde asumir la construcción consciente, diaria y continua,
de nuestra personalidad.
Y lo deseable sería partir de cero, pero no es posible,
porque llevamos con nosotros
el sedimento de lo vivido en la primera niñez.
Y no lo recordamos de manera consciente
y hay que andarse muy listo,
para no verse traicionado por uno mismo,
frente a sus propios afanes.
