Primeramente tiene que abrirse
en mi imaginación una brecha
por donde se asome, tímida o resuelta,
la luz viva del interior.

Por mínima que sea esa ranura
de luz,
me concentro y persigo el rastro
hasta dar con el tema y los versos iniciales.

Y entonces miel sobre hojuelas,
lo que sigue es ponerme a trabajar
hasta conseguir a gusto el texto.

No se qué sería de mí
sin el taller de las palabras,
cuando pasan las horas sin darme cuenta.

Como cuando estaba en el taller de ebanistería de mi padre,
donde me crié.