Recuerdo cuando me criaba en Esparta,
ahora y desde hace ya más de 50 años,
ha vuelto a ser llamado Esparza por decreto de ley,
contra la voluntad del pueblo y, especialmente,
a contrapelo de nuestra costumbre fonética,
que no contempla la pronunciación de la zeta.
Vuelvo al tema: recuerdo los tiempos felices
de allá por mis 15 años en el pueblo,
feliz porque sí, sin necesidad de más razón que mi entusiasmo juvenil.
Y entonces los amigos, el billar, el Ping pong,
los primeros, y para mí los únicos bailes,
porque me llevaron para San José y mi vida dio un giro de 180 grados.
Recuerdo también cuando, con el entusiasmo a tope
y como última parada de la noche, bajo la luz de las estrellas,
nos reuníamos los amigos en un poyo del parque a conversar y contar chistes.
Así pasaban mis horas felices por nada.
La juventud puede ser pobre pero es un tesoro en sí.
Después de esos tiempos,
comenzando los 16 se acabó la ilusión juvenil para mi.
Y comenzo la vida monda y lironda.
Lo que me queda de aquellos tiempos felices,
es el recuerdo borroso que viene de vez en vez.