Estamos acostumbrados a ver y entender la vida
desde nuestra perspectiva mesocósmica.
Y ciertamente las visiones filosóficas y científicas que se tienen
son limitadas y algunas prejuiciosas.
Es mucho lo que se ha especulado
y las ficciones que se han propalado.
Y creo que ahora hay bases científicas
para entender que el cosmos está en continua formación,
en escalas de tiempo humanamente incomprensibles.
Que los planetas, el sol, la tierra y la vida,
son fenómenos de esa realidad en continuo cambio.
Que la muerte es un concepto meramente humano,
y que desde la perspectiva cósmica
no implica la negación de la vida, sino su modificación.
Desde nuestra personal dimensión
vemos la muerte como lo contrario de la vida,
pero en una escala cósmica
la vida es un nombre que damos
a una condición pasajera de la realidad.
El cosmos es vital siempre,
y su existencia supone o implica destrucción y construcción,
en un proceso continuo.
Todo en el universo es eterno,
lo que hay es cambio continuo.
Desde nuestra dimensión mesocósmica
es prácticamente imposible la comprensión de estas realidades.
Y es innecesaria al proceso cósmico
que sigue su curso indiferente.
Claro que sería un gran avance entender bien estos temas
y poder contextualizar la vida y la muerte,
en la dimensión cósmica que corresponde.
En su dimensión primordial el Universo
está constituido por fuerzas o partículas en acción.
Tiene distintas ámbitos según el nivel de realidad de que se trate.
Dada la ignorancia en que hemos vivido
en cuanto a estos aspectos del conocimiento,
vivimos nuestra vida en base de invenciones
y fabulaciones religiosas y filosóficas,
que nos han entretenido por milenios.
Acerca de este tema vale la pena consultar a Roger Penrose,
físico y matemático británico, Nobel de física del 2020,
que ahora tiene 95 años y está activo intelectualmente.