El día ha transcurrido por un manso declive
y ya está cayendo unánime la noche.
Ahora viene la breve refacción de costumbre,
y pasadas las ocho, me voy a la cama.
Visto así, todo muy bien,
pero resulta que no he escrito nada
durante el día.
He leído, he realizado labores domésticas y, muy agradable para mí,
he tenido ratos de contacto con mi nietecito, el bebé de la casa.
Pero salvo el escritillo de la madrugada, no escribí nada más.
Y es algo que no ignoro,
sino que más bien está presente, ligado a mí
como una sensación, una expectativa, o un fardo que me pesa.
Y lo más seguro es que me acueste así,
con la presencia de esa ausencia,
y trate de resolverla en la cama,
ojalá pueda.
Y si no en la madrugado o temprano en la mañana.
De lo contrario seguiré durante el nuevo día,
llevando el peso de esa necesidad.
Así es esto de escribir, no es antojadizo,
tienen que alinearse los astros de la inspiración.
Y mientras tanto,
el fantasma de la vigilia
amenaza con sus ojos desorbitados.