Habitamos la realidad,
somos parte de ella.
Y nos desdoblamos y nos vemos
a nosotros mismos.
Parece magia.
Y como somos también seres
sociales,
hemos creado el lenguaje hablado
y escrito
para comunicarnos con los otros,
lo más precisamente posible.
Pero esta comunicación tiene el límite
insuperable de la individualidad.
Por más palabras que empleemos
para decir lo que queremos decir,
es una traducción, un trasunto
de nuestra interioridad.
Y por lo mismo,
no puede ser enteramente genuina,
tiene vacios inevitables.
De ahí que siendo seres
naturalmente sociales,
persiste una parte nuestra que es
incomunicable.
Y que a veces amenaza
con asfixiarnos de angustia.
