Nací en una casa de tablas
y en la cocina fogón y piso de tierra.
Recuerdo las pilas de lavar ropa hechas por papá,
el desagüe aquel
en cuyo filo de cemento me rajé la cabeza.
El palo de naranja agria.
La plataforma que hacían las matas de zancudo recortadas,
donde madre tendía desde temprano,
las sábanas a secar.
El escusado de hueco en lo profundo,
fosforescente a la luz de la luna,
espectral, temible.
Y los palos de mango, naranja, aguacate, nance, fruta de pan, toronja, limón ácido; caña dulce, plátano cuadrado, banano manzana; culantro de coyote, chile perro; higuanas, pájaros, cigarras.
Era como una finca en la ciudad.
Ahí me crie, descalzo por propia voluntad,
contra las reprimendas y golpes
de mi pobre madre.
Y después me zafaba de clases para las pozas de los ríos que circundan la ciudad.
Siempre fui un desadaptado, rebelde
y frecuentemente castigado,
chilillo en las piernas peladas y por donde fuera, manotazos.
Cierro ahí porque sería de no acabar.
Después me gradué en la U para ganarme la vida.
Ahora veo que fue un chip
que nos implantaron en el cerebro a mi hermano y a mi:
«Estudiar para no ser camellos como su papá».
Lo agradezco,
es lo que me corresponde.
Lo que pudo haber sido y no fue, concierne a la literatura.
Y trabajé en organizaciones siempre neuróticas,
que me neurotizaron.
Me salvó por fin la campana del retiro,
o no estaría contando el cuento,
no es vara.
Y al año de simple flotación existencial,
espontáneamente, sin premeditación,
cogí el serrucho y el martillo
y brotaron libres de mis raíces,
la carpintería y la poesía.
Vivo en un mundo pequeño y redondo.
Estoy conforme con mi vida,
a pesar de las culpas
que acarrea el olvido.