Alberto nació en Rivas, donde el sol caía pesado sobre las calles polvorientas y el aire estaba impregnado del olor a madera recién cortada. Los caseríos se extendían con techos de teja, y el sonido metálico de los trenes comenzaba a marcar el ritmo de la vida.
Pasados los trece años se marchó a Managua, ciudad bulliciosa, con mercados saturados de voces y frutas tropicales que perfumaban el aire. Poco después fue instalado en Granada, donde terminó la secundaria. Allí sobrevivió gracias al apoyo constante de su padre, un hombre emprendedor que, pese a las pérdidas iniciales, supo levantarse como pequeño industrial.
El padre había conseguido un contrato gigantesco de durmientes para los trenes, justo cuando la United Fruit Company desplegaba sus líneas férreas para interconectar países y sostener el servicio general de transporte de carga y pasajeros.
En las estaciones, el olor a hierro caliente y a grasa de máquinas se mezclaba con el aroma dulzón de las frutas que viajaban en vagones. Los carruajes esperaban a la gente para llevarla a sus casas, con el golpeteo de cascos sobre el empedrado, pero poco a poco, en los años treinta y cuarenta, los automóviles comenzaron a superar en número a los coches de caballos.
Granada, con su caserío colonial y sus iglesias de piedra, vivía esa transición: el rugido incipiente de los motores competía con el repicar de las campanas. En las tardes, la brisa del lago Cocibolca llegaba fresca, levantando el olor a agua y a tierra húmeda, y los corredores coloniales se llenaban de sombra y conversación.
María Eugenia nació en Cartago, donde la bruma era compañera diaria. Las mañanas se levantaban con un velo gris que cubría las montañas, y el aire frío olía a café recién tostado y a leña encendida en las cocinas.
Las calles empedradas resonaban con el paso de carretas, y la humedad se pegaba a la ropa como un recordatorio constante de la altura. Su infancia transcurrió entre esa disciplina escolar y la tragedia que se instaló en la familia con la muerte de Alfonso, ahogado en las playas de Puntarenas.
Desde entonces, el mar se convirtió para ella en un recuerdo doloroso, un rumor salado que traía fragilidad. Quedó como bastión vivo Guillermo, hermano de temple y constancia, sostén de la madre y memoria de los ausentes.
Mientras Alberto se adentraba en la vida cultural de Nicaragua, participando en el Movimiento de Vanguardia y descubriendo que la poesía podía ser un arma contra la tiranía, María Eugenia recorría los pasillos del Colegio de Señoritas y luego de la Universidad de Bellas Artes en San José. Vivía en barrio La Pitahaya, donde las casas olían a tierra mojada y a jazmín, y pintaba en los cerros de Escazú y Alajuelita, con el viento fresco que traía el olor de los cafetales.
Cada pincelada era un latido, cada cuadro un canto a la tierra que la sostenía. En tertulias con Margarita Bertheau, Yolanda Oreamuno y Eunice Odio, aprendía que la cultura era resistencia y que la palabra femenina podía ser volcán. En Escazú, con Julita Cortés y su grupo Los Muchachambos, la música llenaba las noches de juventud: guitarras, voces y risas que se mezclaban con el olor a guaro y tabaco.
En el Museo Nacional, bajo la dirección de Doris Stone, María Eugenia descubrió que preservar la memoria era luchar contra el olvido. El edificio, con sus muros de cal y canto, guardaba un aire solemne, impregnado de polvo antiguo y de ecos de historia.
Mientras tanto, Alberto vivía la primavera democrática de Arévalo y Árbenz en Guatemala, convencido de que la poesía debía ser también manifiesto político. En cafés y recepciones, la palabra era puente entre naciones, y en bares como el Chelles de San José —cuando viajaba a Costa Rica— se respiraba la bohemia de artistas y diplomáticos que discutían hasta la madrugada sobre literatura y política, entre humo de cigarro y vasos de cerveza que dejaban un olor agrio en las mesas.
El golpe contra Árbenz en 1954 oscureció aquella primavera. Alberto se vio obligado al exilio, transitando entre Guatemala y El Salvador. La poesía se convirtió en su patria portátil, su bandera en el exilio. María Eugenia, en Costa Rica, seguía consolidando su vida cultural, pintando y enseñando, convencida de que la vida, pese a las pérdidas, seguía siendo un canto.
A finales de los cincuenta, sus caminos se cruzaron en el aeropuerto de La Sabana. Alberto llegó desde Guatemala en gira de trabajo, y San José le pareció un puerto de paz después de tantas tormentas. El aire del aeropuerto olía a gasolina y a césped recién cortado, y la brisa fría de la meseta le dio la bienvenida. Allí conoció a María Eugenia, cuya mirada contenía todos los colores de sus lienzos. Ella sintió que dos ríos se encontraban, que el noviazgo era un diálogo de poesía y pintura.
En 1960 se casaron. Alberto trabajaba en la SIECA en Guatemala, mientras la familia comenzaba a crecer. Los hijos llegaban como poemas vivos, como pinceladas frescas. Entre viajes a Guatemala, El Salvador y Costa Rica, la casa se llenaba de risas, tareas escolares y conversaciones nocturnas. El olor a papel escolar y a crayones se mezclaba con el aroma del café que María Eugenia preparaba en las mañanas.
Durante los años sesenta, Alberto mantenía correspondencia con intelectuales en México, convencido de que cada carta era un puente que unía lo que la política separaba. María Eugenia tejía redes culturales en San José, participando en tertulias y reafirmando su vocación artística y docente.
A partir de 1970, la familia se estableció definitivamente en San José, Costa Rica. La ciudad vivía una transformación silenciosa: los tranvías habían desaparecido, los autos llenaban las avenidas, y los barrios crecían hacia el sur y el oeste. En las tardes, los cafés del centro se llenaban de estudiantes y artistas, mientras las librerías ofrecían novedades que llegaban desde México y Argentina. El bar Chelles seguía siendo refugio de bohemios, diplomáticos y escritores, donde se discutía con intensidad sobre política y arte, entre humo espeso y vasos de cerveza tibia.
Alberto encontraba en San José un espacio de estabilidad. Aunque seguía viajando por motivos de trabajo y defendiendo la unión centroamericana, la ciudad se convirtió en el centro de su vida familiar. En tertulias universitarias y conferencias hablaba con solemnidad de integración y libertad, pero en casa su voz se volvía arrullo para los hijos.
María Eugenia retomaba con fuerza su docencia y su pintura. Sus cuadros, intensos eran como oraciones visuales que afirmaban la vida. En las aulas transmitía memoria y disciplina, convencida de que cada gesto era semilla de futuro. La ciudad le ofrecía un ambiente cultural vibrante: exposiciones en el Museo de Arte Costarricense, conciertos en el Teatro Nacional, y tertulias en casas de artistas que mantenían viva la efervescencia intelectual.
Los hijos crecían entre escuelas y parques, aprendiendo que la raíz podía estar en varios lugares, pero que Costa Rica era hogar. La vida cotidiana se llenaba de música nueva, de conversaciones juveniles, de proyectos que anunciaban futuro.
Los años ochenta fueron tiempo de madurez. Alberto defendía la unión centroamericana con la solemnidad de quien sabe que el tiempo apremia, pero reconocía que la unión familiar era su certeza. María Eugenia vivía la madurez como un lienzo sereno, convencida de que cada cuadro era también legado y que la vida seguía siendo canto. Guillermo seguía acompañando a la madre en Costa Rica, sosteniendo la memoria de Alfonso y de los ausentes, recordando que la familia era raíz incluso en la madurez.
En los noventa enfrentaron la vejez con serenidad. La poesía y la política se convirtieron en legado para Alberto; la pintura y la docencia, en memoria para María Eugenia. La familia, ya adulta, era testimonio de su unión. La memoria de Alfonso, la constancia de Guillermo, la vocación unionista de Alberto y la pasión docente y artística de María Eugenia se entrelazaban en un relato compartido, como dos ríos que finalmente desembocan en el mismo mar.
Claudio Antonio Ordóñez Chacón
